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 domingo, 05 de septiembre de 2010
Muñoz Rojas: Un siglo de lucidez entre versos y olivares PDF Imprimir E-Mail

Hombre inteligentísimo y culto, los libros de Muñoz Rojas hablan de la grandeza de las pequeñas cosas. Como Las musarañas, de 1957, con el relato íntimo, fantasioso e inocente de su infancia antequerana. O el poemario Objetos perdidos, que le valió en 1998 el Premio Nacional de Poesía. Y, sin embargo, el autor de tantas páginas inolvidables ya no escribe: “Después de tanto tiempo, uno no sabe para qué sirve hacerlo. Quizá lo sepan los lectores. Yo no" (El País, 20-02-09).


Comparte con el granadino Francisco Ayala (1906) un siglo de lucidez creativa. Es José Antonio Muñoz Rojas, uno de los dos escritores españoles vivos centenarios cuya obra cubre con creces tres cuartas partes del siglo XX. Y es antequerano.
Poeta y prosista, Muñoz Rojas nació en Antequera el 9 de octubre de 1909. Su primer libro, Versos de retorno, es de 1929. Y si la fatalidad no lo trunca, cumplirá en otoño un siglo de vida al calor de los suyos (tiene 20 nietos y 3 biznietos) en su refugio de la Casería del Conde, “una casa alta sobre un alcor, junto a un son de agua”, como la describiera Vicente Aleixandre. Allí vive, en un cortijo entre olivos, cerca de Villanueva de Cauche, rodeado de tierras a las que tanto cantó y que dieron título a la célebre Las cosas del campo, escrita hace sesenta años y elogiada por Dámaso Alonso como “el libro de prosa más bello y más emocionado que yo he leído desde que soy hombre”.

Cualquier otro tendría el 9 de octubre de 2009 enmarcado en grandes letras. Muñoz Rojas no; él confiesa sin ambages que no le ilusiona cumplir cien años. En una reciente entrevista aseguraba: “Es absurdo llegar a esta edad. El mundo ha cambiado mucho. Antes la vida era más entretenida, más intensa, el tiempo pasaba más lento" (El País, 20-02-09). Quizá recordaba con nostalgia sus tiempos de lector en la Universidad de Cambridge, donde germinó su amor por John Donne, Richard Crashaw o William Wordsworth, a quienes tradujo al castellano. O tal vez rememorara amigos ya desaparecidos como Prados, Altolaguirre, Aleixandre, Alonso, Salinas, Guillén… O quién sabe si añoraba sus andanzas de Antequera a Tokio, de Río a Venecia, que narró en Dejado ir.
La grandeza de las pequeñas cosas
Hombre inteligentísimo y culto, los libros de Muñoz Rojas hablan de la grandeza de las pequeñas cosas. Como Las musarañas, de 1957, con el relato íntimo, fantasioso e inocente de su infancia antequerana. O el poemario Objetos perdidos, que le valió en 1998 el Premio Nacional de Poesía. Y, sin embargo, el autor de tantas páginas inolvidables ya no escribe: “Después de tanto tiempo, uno no sabe para qué sirve hacerlo. Quizá lo sepan los lectores. Yo no" (El País, 20-02-09).
Pero ni la modestia al hablar de sí mismo, ni el cansancio o el dolor impiden reconocer en estas frases la lucidez de un hombre que ha cultivado el verso con el mimo del humilde jardinero. Un hombre que ha labrado su prosa con el fértil abono del campo andaluz y la ha regado con el sudor y las lágrimas de los jornaleros.
Las cosas del campo
Muñoz Rojas acaricia los cien años y hay motivos sobrados para festejarlo. Desde Pre-Textos, la editorial que redescubrió al poeta en su avanzada vejez; a la Junta de Andalucía, que edita su Obra Completa en verso y la distribuirá por la red pública de bibliotecas de la comunidad el 23 de abril coincidiendo con el Día Internacional del Libro; pasando por Antequera, que del 8 al 10 de octubre organizará un Congreso Internacional sobre su obra; o la iglesia antequerana de Santa Clara, que ha escogido este evento para estrenarse como Centro Cultural tras años de rehabilitación…
Todos quieren arropar a José Antonio Muñoz Rojas, genio vivo de las Letras a quien debemos pasajes como éste: “Me hundo en el campo y gusto en mi espíritu tanta amargura suelta, tanta dulzura recogida en estos anuales surcos y sementeras. Año tras año, sol a sol, surco a surco, se va el hombre atando a la tierra, enterrándose en ella. Andamos sobre sus sudores, sobre sus ilusiones y sobre sus huesos. Por eso tiemblo algo cuando voy por estos campos, por eso canto. Y tengo miedo de no poder acabar una vez comenzado. Empiece por donde empiece, no acabaré. Se me quedará la canción a medio camino, entre los labios. Pero la tierra la seguirá cantando” (Del prólogo a Las cosas del campo, datado y fechado en Casería del Conde, 1946.)

FOTO: Muñoz Rojas, en su finca la Casería del Conde, con el cantaor Miguel Poveda, quien en 2007 estrenó un espectáculo con versos del poeta.

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